Un paseo por Lancashire

Hoy es sábado y he quedado con mi sobrino para dar una vuelta.

Miro por la ventana y sigue siendo invierno, como ayer. Gris.

Me aseguro de llevar un pañuelo en el bolso y las gafas de ver de cerca, por si mi sobrino decide enseñarme alguna noticia rara del periódico local.

Lewis suele pasear conmigo desde que era adolescente. Me hace compañía. Se preocupa, a veces demasiado así que, de vez en cuando disimulo y hago como que las cosas están como siempre. Acaba de comenzar 1888, y sólo deseo que este año sea mejor que el anterior.

Ya le veo aparecer por el camino de la entrada. Se da cuenta de que estoy en la ventana y me sonríe. Me saluda y sin terminar de bajar la mano me indica que vaya. 

– ¡Los guantes! ¿Dónde he dejado los guantes?

Miro alrededor, por encima de todas las superficies mientras me apresuro hacia la puerta.

– ¡Ahí!… ¿Por qué los busco siempre, si siempre los dejo ahí?

Los recojo del mueble de la entrada y después de cerrar la puerta, me los pongo mientras camino hacia mi sobrino.

Hace más frío de lo que parecía desde dentro de casa. Meto las manos en los bolsillos.

  –¡Hola tía! –me saluda antes de darme un beso que le reclamo siempre, desde que tiene uso de razón. Inclino la cabeza hacia un lado para que no se olvide del gesto cariñoso que enlaza nuestros encuentros de manera familiar. 

Nos ponemos a andar cerca del muro que bordea el camino. 

Lewis suele dar buenas conversaciones. 

Hoy me cuenta algo sobre las elecciones municipales aunque sabe que de política no entiendo mucho. Sus ojos claros brillan con el entusiasmo y yo asiento con la cabeza.

Siempre que llegamos al puente empiezo a cansarme y me sujeto a su brazo, entonces nos sentamos en el banco de piedra que está incrustado en la construcción, al principio, justo donde el camino de tierra se funde con los adoquines.

Saca del bolsillo unos papeles impresos.

–Mira tía –me muestra los papeles, –mira, en Estados Unidos están haciendo una Sociedad Nacional Geográfica. 

 Busco la gafas en el bolso y me las pongo.

–¡Qué interesante! – comento mientras sujeto los papeles y los coloco a una distancia donde las letras se vuelven nítidas.

–National Geographic –comienzo a leer en voz alta.– “La clasificación de formas geográficas por Génesis”.

Miro a mi sobrino tratando de averiguar qué es lo que me está mostrando.

Él está mirando fijamente mis manos. Entonces yo también las miro.

Mis guantes. No me había dado cuenta de lo viejos y raídos que están. ¡Hasta tienen agujeros!

– ¡Tus guantes! –me dice en voz baja –tienen unos cuantos agujeros.

La confianza hacía que Lewis se expresase de forma espontánea.

Le devuelvo los papeles y extiendo las manos delante de mi. Las miro por arriba y por abajo, con los dedos extendidos para ver lo que hasta entonces me había pasado desapercibido.

–Tienen agujeros –repetí en voz alta lo que era obvio.

–¿No tienes las manos frías? –me pregunta sin dejar de mirar aquellos guantes destartalados.

Dobla los papeles y los guarda en el bolsillo antes de cogerme las manos para ver más de cerca mis pobres guantes.

–Pues, no –le contesto un poco sorprendida –la verdad es que tengo las manos calentitas. Además, así son muy cómodos.

Empiezo a mirar mis guantes con otros ojos. Valoraba tanto esa comodidad que, había veces que me olvidaba de que los tenía puestos y ya no era consciente de su aspecto.

–Cómodos –repitió Lewis cómo si acabase de descubrir el significado de esa palabra. 

Se quedó un rato en silencio, pensativo, como intentando descubrir la clave de un enigma. Movió la cabeza de lado a lado haciendo evidente que algo no cuadraba.

–Pero…¿no entra frío por los agujeros? –me preguntaba mientras escudriñaba los guantes por todos los lados. 

– ¡No, la verdad! –contesté mientras empezaba a contagiarme de su intriga –Además son extremadamente cómodos porque es como si la piel pudiese respirar.

Entonces Lewis se sonrió y sus ojos brillaron más que nunca.

Esto es sólo como imagino que pudo ser ese momento en el que Lewis Halsam, paseando con su tía, empezó a pensar en un tejido que mantuviese la temperatura del cuerpo y dejase respirar a la piel, la malla, el tejido de red, el primer tejido tecnológico, la marca Aertex.

Foto: http://www.newportpast.com

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