Samaín

Sólo me quedan unos días para salir de la isla.

El invierno se echa encima y no habrá comunicaciones, ni comida, ni medicinas. El mar es inesperado en esas fechas y puede tragarse los botes que quieran acercarse a la costa. 

La isla de Rum-Mor es una isla perdida en el Atlántico Norte, visitada, sólo en verano, por pescadores, observadores de aves y algún que otro fotógrafo en busca de una imagen con la luz perfecta.

Voy caminando hacia el lugar donde está el embarcadero. Ya puedo ver el mar y oírlo. El olor a sal y algas se mezcla con la niebla que me acompaña desde hace algún tiempo.

Los últimos días de octubre empiezan a ser oscuros. Tengo frío y necesito descansar. 

En esta parte del camino hay un refugio de pescadores, una cabaña de piedra bien plantada en el suelo. Atrapada por el musgo que camufla la base, es imposible ver dónde empieza la casa y donde termina el suelo. Por el tejado de pizarra asoma una chimenea de metal, negra de hollín.

La única ventana está cerrada con contras de madera, se ve que alguna vez han estado pintadas, aunque hoy sólo quedan restos descascarillados.

La puerta, también de madera, es pesada, tengo que empujar con fuerza para abrirla, está hinchada, encajada en el marco. La golpeo con el hombro y se abre dejando marcas en el suelo.

Dentro está oscuro.

Busco la linterna en un bolsillo de la mochila, con su luz voy repasando las esquinas y los pocos enseres que hay repartidos por la habitación: una mesa, una tetera sobre una estufa, algo de turba para quemar, un par de baldes que, dados la vuelta, pueden servir de asientos y un baúl de madera con un símbolo celta tallado en la tapa.

Dejo la mochila sobre la mesa y enciendo un fuego en la estufa. El calor en la cara es reconfortante. La luz del fuego de la estufa es suficiente para moverme por el refugio sin tropezarme. Me siento en uno de los baldes y me preparo un te.

Aun faltan unas horas para que llegue Declan en el bote.

Ya es de noche pero aun son las siete. Con la taza de te en las manos, salgo a la puerta a ver si veo la luz de la barca de Declan meciéndose en el mar.

Las estrellas brillan con fuerza, la niebla se ha disipado y el aire es cristalino. Suena el viento pero nada se mueve. No hay luna. La curiosidad hace que me separe de la puerta. 

«¿Será que la cabaña hace de parapeto contra el viento?» me pregunto mientras rodeo el refugio asegurando cada paso y sin separar la mano de la pared.

«No hay viento, entonces ¿qué es lo que suena? No muy lejos de aquí hay una cueva, quizás el ruido venga de allí». Intento dar una explicación a este extraño fenómeno mientras me dirijo al interior del refugio en busca de la linterna.

Linterna en mano, voy hacia la cueva con el paso acelerado por la impaciencia de la respuesta. Sigue sonando el viento y ahora, que estoy en medio de la nada sin nada que me proteja, puedo comprobar que todo está inmóvil, ni tan siquiera lo noto en la cara ni en el pelo. Esto agranda mi curiosidad.

La cueva está en una hondonada, ligeramente oculta por unas matas de tojos con flores envejecidas. El ruido está ahí dentro. Ilumino la entrada de la cueva tan oscura que se traga la luz como un agujero negro.

Busco un palo para apartar las ramas del tojo de la entrada.

«Ahí hay una rama». 

La sujeto con fuerza mientras intento despejar la entrada de la cueva cuando, de pronto, unas ráfagas de viento purpura salen y me hacen caer al suelo.

Sentada sobre la hierba y con la rama en la mano veo como las ráfagas púrpura van y vuelven volando sobre mi cabeza, dando vueltas.

«No puede ser viento».

Se mueven erráticas, acelerando y frenando sin dirección prevista.

Sin saber cómo, empiezan a rodearme, al principio a cierta distancia luego, desplazándose en espirales, se acercan acariciándome la cara e introduciéndose en mi pelo susurrando algo que no logro entender.

Empiezo a marearme, me falta el aire y todo a mi alrededor se vuelve borroso, se diluye hasta casi desaparecer. Mi cuerpo empieza a pesar y, a pesar de estar sentada, se va desplomando lentamente. Siento una mano caliente rodeando mi muñeca izquierda que bruscamente tira de mí con tanta fuerza que me pone de pie.

—¡Declan! —consigo decir cuando veo la cara de mi amigo.

—¡Corre! —me dice mientras sigue sujetando mi muñeca y empieza a correr en dirección al refugio.

Yo voy corriendo a su lado sin apenas tocar el suelo con los pies, me lleva prácticamente volando.

Las ráfagas purpura nos persiguen, me golpean el pelo e intentan enredarme los pies. Sólo a mi.

«¿Por qué no persiguen a Declan?»

De hecho, cada vez que se acercan a él, se frenan y retroceden un poco permitiéndole correr sin impedimentos.

Entramos en la cabaña y me suelta para poder atrancar la puerta. Sus dedos permanecen marcados en mi muñeca y yo tengo la sensación de que todavía no me ha soltado, nunca antes había sido tan consciente de mi pulso.

Una vez a salvo nos acercamos al calor y a la luz de la estufa, yo me siento en un balde y trato de recobrar el aliento. Declan coloca la tetera con agua sobre la estufa y se inclina para añadir más turba al fuego, entonces el colgante que lleva al cuello se balancea en el aire y refleja la luz de las llamas. Mientras el agua no hierve, tratamos de interpretar al sonido que hacen las ráfagas púrpura cuando rozan la chimenea y se abalanzan contra la puerta y las contras de la ventana.

Aun no hemos mediado palabra. La tetera silba. Declan se acerca al baúl.

—¿Habrá alguna taza aquí dentro? —dice justo antes de levantar la tapa del baúl y dejar frente a mi el símbolo en forma de cruz entrelaza tallada toscamente. —¡Qué suerte! Hay dos —dice mientras me muestra las tazas sonriendo.

Entre las dos tazas vuelvo a ver su colgante reflejando la luz del fuego como si éste también ardiera.

—¡ Qué curioso tu colgante! —le digo mientras extiendo las manos para que me de las tazas —Es exactamente igual al símbolo del baúl.

Baja la tapa y la mira perplejo. Acaricia el símbolo con una mano mientras sujeta el colgante con la otra.

Las ráfagas púrpura sisean en el exterior. 

Pongo una bolsa de té en cada taza y las cubro con el agua caliente.

—¿Qué día es hoy? —pregunta Declan mientras saca una petaca del bolsillo interior de su parka.

Yo le contesto: —treinta y uno.

Vacía un poco del liquido de la petaca en cada taza.

—Necesitamos un poco de calma —me dice mientras empuja una de las tazas hacia mi.

—¿Whisky? — le pregunto.

El hace una media afirmación con la cabeza y bebe.

Yo soplo desde el borde de la taza sobre el té aderezado con whisky.

—Treinta y uno de octubre. —Acaba de darse cuenta de qué día es y yo también.

—¡Es Samaín! —dice mientras aprieta el colgante con una mano. —Los espíritus han salido a buscarnos.

Las ráfagas purpura volvían a golpear la puerta y las contras.

—Tenemos que salir de aquí antes de que encuentren la forma de entrar y nos arrastren a la cueva —murmulla mientras abre de nuevo el baúl y revuelve lo que hay dentro.

Me acerco y miro cómo revisa cada cosa que hay dentro: algún plato de melamina, cinta americana, cerillas de madera, una caja botiquín, algunas herramientas y una caja de zapatos que esconde un sobre, unas agujas de madera para tejer y un ovillo de lana color fuego.

Abrimos el sobre. Dentro hay una nota junto a un esquema de punto. La nota dice:

“No te lleves el esquema y trae lana del mismo color cuando vuelvas en primavera”

Miro el esquema detenidamente. Es un símbolo igual que el colgante de Declan.

—Es el símbolo del Samaín, te protege de los espíritus manteniéndolos alejados—me explica. —¿Cómo de rápido puedes tejer? —me pregunta mientras pone en mis manos las agujas, la lana y el esquema.

—Tan rápido como pueda —le contesto acercándome a la luz de la estufa para ver mejor el esquema.

«Un nudo celta. Hace tiempo que no tejo uno».

Empiezo a contar los puntos y Declan empieza a contarme una historia:

“Jack O’Reilly llegó un día a esta isla para pescar pulpos. Cada madrugada del mes de octubre trepaba por las rocas y esperaba pacientemente por sus presas. Cada dos días regresaba a la isla principal y vendía sus capturas en la lonja. Cuando estaba terminando Octubre, Jack O’Reilly regresó a la isla. Quería apurar al máximo los días en los que los marineros todavía se atreven a cruzar el trozo de mar que separa la isla de Rum-Mor de la isla principal. Esta vez había viento y era el único pasajero que desembarcaba en el embarcadero. Además de los aperos para pescar,  llevaba su saco de dormir y una cantimplora con licor para enfrentarse al frío. La mañana del 30 de Octubre se fue a pescar como había hecho los días anteriores. Esperando pacientemente entre la rocas a que algún pulpo picara el anzuelo, se puso a llover de manera torrencial. Empezó a soplar el viento y los truenos retumbaban a lo lejos. Recogió sus cosas y se fue a buscar cobijo. Por aquel entonces aun no se había construido este refugio, así que decidió protegerse en la cueva antes de que la tormenta estuviese encima. Con algunas ramas encendió un fuego a la entrada de la cueva, bebió de la cantimplora y se durmió.”

Yo ya he empezado a tejer parte del nudo celta. El color de fuego de la lana vibra con la luz de la estufa. Pronto empezaré a hacer los cruces de los puntos.

«No tengo agujas auxiliares». Tengo que pensar una solución al problema que tendré dentro de un rato.

—¡Declan! —interrumpo su relato. —¿Podrías sacarle punta a un par de cerillas?

—¿Qué? —me mira asombrado. —¿Cerillas?

—Sí, las necesito para seguir tejiendo el nudo.

Sin más preguntas se pone manos a la obra, le quita el fósforo a dos cerillas y con la navaja afila uno de los extremos. Cuando las tiene terminadas las pone encima de una de mis rodillas.

— ¡Gracias! —le digo mientras miro estas suplentes de agujas auxiliares.

El me sonríe y sentándose cerca de la estufa continua su historia.

—¿Por donde iba? —se pregunta, y luego bebe un trago de té aderezado con whisky. —¡Ah!… Jack O’Railly se durmió en la cueva.

Antes de reanudar su relato se queda escuchando un rato cómo las ráfagas purpura siguen siseando mientras se acercan y alejan del refugio.

—Aun no murmuran —dice mientras cierra los ojos ligeramente aliviado.

Respira hondo antes de volver a hablar:

“Jack O’Reilly se quedó dormido en la cueva al calor de la hoguera y del licor que se había bebido. El mar estaba agitado por la tormenta y el último bote de la temporada se acercaba al embarcadero. El ruido del viento y la lluvia ensordecían el sonido de la bocina del último bote que esperó unos minutos largos y, sin pasajeros, regresó a la isla principal. El estruendo de un rayo que cayó cerca de la entrada de la cueva, despertó a Jack ÓRailly que, viendo que había oscurecido, se levantó tan rápido como el rayo que lo había despertado. Corrió hacia el embarcadero para ver, desde lo alto del acantilado, como la luz del último bote se alejaba. Jack O’Reilly, se quedó atrapado y solo en la isla.

Regresó a la cueva con la sensación de que ese sería su hogar durante algún tiempo, pero…cuánto. El fuego empezaba a apagarse y las ramas del exterior estaban mojadas. La cantimplora se estaba quedando vacía y ese día, a causa de la tormenta ni siquiera había pescado pulpos. Sus ropas estaban húmedas, tenía frío y estaba de mal humor. Decidió racionar el licor que le quedaba en la cantimplora y la cerró con fuerza para que no se perdiera ni una gota”.

Declan hecha mas turba al fuego y bebe otro trago de té, yo también bebo, el calor del whisky calma los nervios de mi estómago.

Las cerillas sirven perfectamente para cruzar los puntos, unos por encima y otros por debajo. Estiro un poco la pieza que estoy tejiendo para ver que el nudo empieza a tener ese aspecto de bucle infinito que lo hace mágico.

Tras dejar la taza sobre la mesa, Declan continua la historia:

“Ya era de noche y las nubes que ocultaban la luna se desplomaron al suelo formando una niebla densa. Jack O’Reilly decidió internarse en la cueva en busca de un poco de calor. Su mal humor iba aumentando alimentado por la impotencia. A medida que avanzaba por la cueva la oscuridad era más negra, el suelo cambiaba de barro a roca mojada y se volvió resbaladizo. Jack O’Railly sin poder ver nada perdió el equilibrio y cayó de espaldas sobre la piedra golpeándose fuertemente la cabeza. Intentó incorporarse pero no encontraba donde sujetarse y nuevamente volvió a caer sintiendo como algunas rocas del suelo se le clavaban en la espalda. Notaba como la sangre caliente le brotaba de la cabeza y poco apoco perdía el conocimiento. Tumbado boca arriba se quedaba sin respiración, cada vez le costaba mas tomar aire y apenas podía mantener los ojos abiertos. Se le iba la vida y eso le cabreaba porque se sentía abandonado. Empezó a blasfemar agotando el poco aire que le quedaba en los pulmones y con su último aliento dijo: 

¡Os maldigo a todos, hombres detestables. Murmuraré vuestros nombres y os quedaréis conmigo, en esta oscuridad, para siempre!

Desde entonces siempre que alguien se quedaba en la isla en la noche de Samaín, no volvía a casa. Desaparecía sin dejar rastro. Por eso el último bote del año abandona Rum-Mor el último día de octubre por la tarde, dejando la isla desierta de personas.”

El símbolo está prácticamente terminado, se lo enseño a Declan que lo compara con su colgante.

—¡Vaya! —dice con asombro.

De pronto los siseos de las ráfagas púrpura empiezan a sonar como un rumor:

—¡Dawn, Dawn, Dawn! —repiten mi nombre como un conjuro.

—¡Rápido! —dice Declan, —une el símbolo a tu bufanda. Han empezado a nombrarte. Ya no queda mucho tiempo. 

Con la misma lana sujeto el símbolo a la bufanda con unas puntadas. Me tiemblan las manos.

Declan se pone la parka y recoge mi mochila cargándola a su espalda. Yo también me pongo mi parka y envuelvo mi cuello con la bufanda. 

Nos miramos.

—¿Lista? —me pregunta.

Yo asiento con la cabeza. Él abre la puerta y salimos corriendo hacia el embarcadero. La puerta del refugio queda abierta dejando salir una luz naranja procedente de la estufa.

Las ráfagas purpura intentan atraparme, pero la bufanda ondeante las repele haciendo que retrocedan, son insistentes y se pasan, todo el camino hacia el embarcadero, buscando una forma de acercarse a mi cabeza.

El miedo no me deja saber si hay suelo bajo mis pies. Veo el embarcadero con la barca en uno de los lados. Declan viene corriendo detrás de mi.

—¡Vamos! —grita. —Ya solo quedan unos metros.

Me agarra por el cuello de la parka y salta. Salgo volando con el.

Aterrizamos en la barca que se balancea bruscamente al amortiguar nuestra caída.

Como si de una barrera invisible se tratase, las ráfagas púrpura se frenan al llegar al borde del agua.

Declan enciende el motor de la barca y nos alejamos.Volvemos la cabeza para ver como las ráfagas púrpura se arremolinan al borde de la isla y la luz de la estufa que sale por la puerta del refugio se apaga lentamente.

2 comentarios en «Samaín»

  1. Ay Ana, me ha encantado, no podía parar de leer hasta que la historia ha terminado. Qué buena la relación del punto con el símbolo que les salva de la maldición.
    Sigue escribiendo relatos tan buenos, yo seguiré leyéndolos, y….algún día publicarás un libro que contenga todas estas historias cortas.
    Mis mejores felicitaciones
    Paqui

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