La chica de la cinta

Hoy es 1 de Mayo y estoy sobrevolando Orne, en  Francia.

A 3.200 metros de altura se abre la puerta del avión y salto… desde ahora dejaré de ser  Phyllis Latour, de 23 años.

En los minutos que tardo en llegar al suelo repaso mi papel. 

«Hola. Me llamo Paulette». Repito una y otra vez en mi cabeza interiorizando el acento francés.

Apenas pongo los pies en el suelo, dos hombres salen de entre los árboles. Supongo que son mis contactos. 

—Nos envían a alguien muy joven —dice uno de los hombres mientras se acerca. 

—Hola, Mathieu Aubriot —se presentaba el hombre delgado del pelo rojo dándome la mano y agachándose para ayudarme a recoger el paracaídas —¿Paulette?

—Si, hola! —contesto mientras me suelto el paracaídas de los hombros.

—Antoine —dice el hombre con bigote y pelo negro mientras me da la mano— ¡rápido!, tenemos que llegar al pueblo antes de que amanezca. Cargaré el petate con la radio.

Así, los tres nos dirigimos al pueblo tan en silencio como podemos. Mathieu carga con el paracaídas, Antoine lleva el petate con la radio y yo la mochila con mi nueva identidad.

«Te recogerán Mathieu Aubriot el farmacéutico y Antoine Laserre el dentista». Suene en mi cabeza la voz de Claude de Baissac, el hombre que me ha preparado durante meses para esta misión. « Los primeros días vivirás en casa del doctor Jules Leduc».

Todavía no amanece. Nos acercamos a una casa de piedra tapada por unos arboles. Canta un gallo.

Mathieu golpea la puerta con la base del puño. Un hombre alto, de unos 50 años, con el pelo canoso, abre la puerta.

—¡Doctor Leduc! —dice Mathieu mientras saluda con un movimiento de cabeza.

—¡Mathieu! —responde el doctor mientras sujeta la puerta para que entremos los tres— Eres muy joven, ¡perfecto! —comenta en voz baja cuando paso a su lado.

Me lleva hasta una habitación con una ventana por la que ya empieza a entrar claridad.

—Descansa un poco y luego hablamos.  No te preocupes, todo saldrá bien —me dice en voz baja mientras cierra la puerta despacio.

Me dejo caer en la cama y los ojos se me cierran.

Huele a café. No sé cuánto tiempo ha pasado. Me incorporo quedándome sentada en la cama y veo la mochila a mis pies. 

«¡Es hora!», pienso mientras intento deshacer el nudo del estómago.

Me levanto y abro la mochila en busca del vestido azul.

Estoy lista. En la cocina, el doctor Leduc pone sobre la mesa un plato blanco con unas rebanadas de pan con mantequilla. El olor a café es confortante.

—¡Buenos días! —le digo con una sonrisa cortés.

Él me responde también sonriente: 

—¡Buenos días! —y con un gesto me indica que me siente y coma algo.

—La señora Lombard ha traído la caja de jabones. Usarás una de mis bicicletas, la verde que es la más pequeña —me explica después de comer un trozo de tostada y beber medio vaso de café.—¡Realmente parece que tienes catorce años! —me mira sorprendido.

Supongo que el vestido azul y este corte de pelo influyen bastante en este aspecto juvenil que tanto me conviene en estos momentos.

El doctor Leduc y yo terminamos el desayuno, colocamos la caja de jabones en el porta bultos de la bicicleta y nos vamos hacia el pueblo. Lo acompaño durante todo el día en las visitas a sus pacientes para que los paisanos se acostumbren a verme. 

Así transcurren varios días. El doctor, el farmacéutico Aubriot y el dentista Laserre se reparten mis idas y venidas por el pueblo. En una semana mi presencia es habitual. Ya comienzo a moverme sola por la zona, vendiendo los jabones y llevando las medicinas que prepara Aubriot a los pacientes del doctos Leduc. Transportando recados de un lado a otro y hablando con todo el que se cruza en mi camino.

Desde hace unos días vivo en la granja de la señora Lombard, es más fácil para el negocio de los jabones y además está apartada del pueblo, lo que viene bien para la misión.

Aún no ha pasado un mes y me siento una más. Incluso, para los soldados alemanes, no soy más que una chiquilla de catorce años que va en bicicleta y que les vende jabón. 

Me encuentran amigable y charlatana, inofensiva, lo que me permite entrar en su campamento libremente. 

El campamento está en una granja que han ocupado hace apenas seis meses. El cuarto de comunicaciones está en la habitación que tiene la ventana hacia una de las fachadas laterales de la casa, la que da  hacia un pequeño terreno con cerezos y manzanos, también hay un pozo con un horcón por el que va trepando una vid 

Aprovecho para ofrecerles jabones cuando los soldados están fumando y charlando entre ellos, apoyados en la valla, sentados en unas piedras y sobretodo cuando están a la sombra de los frutales o descansando cerca del pozo.

—¡Hey “jungen”! —les digo en voz alta para hacerme notar.

Ellos me miran y sonríen.

—¡Frau! —me contestan animados saludándome, levantando ligeramente la mano o la cabeza.

—¿Queréis jabón? Lo tengo de limón, de lavanda o de menta —les digo mientras me acerco a ellos.

Al soldado Meller le gusta oler los jabones. Ahora está junto al  pozo, fumando, así que me acerco a él.

—Hoy huelen mejor que nunca —le comento mientras me acerco, espero que no se de cuenta de que es una excusa para estar cerca de la ventana del cuarto de comunicaciones.

—Hoy no compro —me dice mientras inspira profundamente sobre la caja de los jabones.— La semana que viene, a lo mejor.

Mientras me habla, noto que hay ajetreo dentro de la habitación, suenan los golpecitos del telégrafo y el oficial de comunicaciones toma nota de lo que le indican por radio.

Intento escuchar las conversaciones que se trasladan fuera de la casa. 

—Romel se dirige a Berlin, el “Führer” quiere refuerzos en Calais—dice uno de los oficiales.— Esto se está complicando.

«¡Vaya! Hay movimiento en las posiciones», pienso mientras mi corazón late con fuerza.

—Tengo que irme —dice Meller mientras tira la colilla del cigarrillo lejos, de un capirotazo.

Yo me quedo al lado del pozo. Disimulo para seguir escuchando. Ajusto la cadena de la bicicleta, ordeno la caja de los jabones y me ato los cordones de los zapatos.

—Eh! Paulette… átate los cordones que vas a perder los calcetines —vocea el soldado Meller antes de entrar en la casa. 

Yo le sonrío y me encojo de hombros.

Me subo a la bicicleta y pedaleo tranquilamente hacia el lugar donde el doctor Leduc y Laserre habían escondido la radio. 

Son los últimos días de Mayo.

Por el camino me cruzo con soldados alemanes, prácticamente están por todas partes. A cada pedalada me convenzo más de que, comunicarme por radio, es un riesgo. Tienen dispositivos avanzados que detectan las retransmisiones y seguro que me encuentran enseguida.

Tengo que pensar una alternativa.

Llego a la granja y le entrego a la señora Lombard el poco dinero que he conseguido con las ventas y la caja con los jabones sobrantes. La señora Lombard está tejiendo un gorrito para su nieta que pronto va a nacer.

De repente me siento eufórica.

—¿Podría prestarme unas agujas y algo de lana? —le pregunto mientras un cosquilleo me recorre la espalda.

—Busca en el cesto “chérie” —contesta sorprendida —utiliza lo que quieras, menos el color amarillo, que es el que estoy utilizando para el gorrito de mi nieta… o nieto —me dice mientras mira con ternura la labor que tiene entre manos.

En el cesto encuentro unas agujas y un hilo de algodón verde perfecto para mis propósitos. Tejer una boina.

También hay un hilo de seda azul con el que la señora Lombard suele bordar sus iniciales en algún que otro pañuelo.

—Puede servir —digo animada.

Me llevo las agujas y los hilos a la habitación. En el marco de la puerta dibujo in alfabeto tal y como me enseñaron en la base de entrenamiento, a una pulgada de distancia. En el hilo de seda preparo la clave. Ato unos nudos señalando una secuencia de letras que son las mismas con las que empezaré el mensaje. “AEIOU”. Preparo la lana. Empiezo a hacer nudos, primero la secuencia de la clave y luego el mensaje: “Romel va a Berlin-Hitler quiere refuerzos en  Calais”. Repito los nudos de la secuencia varias veces por si, al deshacer la boina se rompe el hilo. Me pongo a tejer. Se hace de noche.

La boina es sencilla, unas cuantas vueltas de elástico y luego menguar, vuelta sí y vuelta no. No aprieto mucho el punto para que sea una boina de verano, que proteja del sol. Cuando está terminada la envuelvo con uno de los papeles que la señora Lombard utiliza para empaquetar los jabones. Como la clave nunca debe de ir con el mensaje, el hilo de seda lo escondo en el cordón del zapato. Con la aguja de punto lo introduzco despacio para no romperlo.

Amanece. Apenas he dormido. Sé que a esta hora el doctor Leduc ya se ha levantado, así que me voy en bicicleta hasta su casa para explicarle la situación.

—De acuerdo —me dice mientras coge su maletín. —A partir de este mismo instante eres mi ayudante —me explica mientras coge su sombrero.—Diga lo que diga me seguirás la corriente.

Yo asiento con la cabeza. 

Salimos apresuradamente de su casa y, en bicicleta, nos dirigimos al norte, hacia la costa de Normandía en busca de Claude de Bassiac que organiza los grupos de resistencia en la zona.

Tenemos que atravesar el pueblo. Hoy hay más alemanes que otros días. La gente del pueblo está más nerviosa.

Cruzamos la plaza y vemos que en la entrada de la calle hay una barrera con unos cuantos soldados. 

—Un control —dice el doctor— no te preocupes, hemos tenido controles otras veces. Creo que los hacen para asustarnos.

Como un acto reflejo, me quito los cordones de los zapatos, uno lo meto en un bolsillo del vestido, y el otro, el que lleva la clave, me lo ato a la cabeza como una cinta, apartando el pelo de la cara como si fuese una diadema.

Lentamente nos acercamos a la barrera, deseando con todas nuestras fuerzas que nos dejen pasar, sin más, al fin y al cabo él es el doctor y yo su ayudante. 

Desearlo no sirve. A los dos nos paran.

Una mujer con uniforme, que me dobla en tamaño, me pide que la acompañe. Entramos en una casa de las que rodean la plaza. Me indica que entre en una habitación en la que sólo hay una mesa, ella entra detrás de mi y cierra la puerta. 

—La mochila, sobre la mesa —me dice en un francés un poco tosco.

Yo dejo la mochila donde me dice. La abre y vuelca el contenido sobre la mesa.

—Quitar la ropa —me pide, mirándome fijamente con el ceño fruncido, transmitiendo autoridad.

Me quito los zapatos, los calcetines y el vestido. Lo dejo todo encima de la mesa. Me quedo en ropa interior esperando que sea suficiente. 

Ella va revisando cada cosa que llevo en la mochila. Introduce los dedos en los ovillos de hilo, manosea las agujas de doble punta y toquetea el paquete con la boina.

—Es un regalo que le llevo a la señora Dugés, una paciente del doctor Leduc que me enseñó a tejer —le digo tranquilamente esperando que me entienda, y si no, que se de cuenta de que no estoy nerviosa, aunque me tiemblan las rodillas y los tobillos… y todo.

Lo abre, eso sí, con cuidado, y al ver la boina, que no está muy bien tejida y los nudos pasan desapercibidos, se queda satisfecha. 

Yo sigo de pie, al lado de la mesa, en ropa interior con los brazos cruzados delante del pecho.

Se acerca a mí y empieza a registrarme buscado algo en cada recoveco de mi cuerpo. Parece un poco contrariada porque no encuentra nada. Entonces se queda mirando el cordón que llevo atado en la cabeza. Antes de que sospeche, me lo quito y sacudo el pelo. Como no pasa nada ella se queda satisfecha. 

—¡Vestir! —me ordena dándome el vestido bruscamente.

Vuelvo a atarme el cordón en la cabeza. El corazón me sigue latiendo a mil por hora. Me pongo el vestido, los calcetines y los zapatos lo más rápido que puedo para que no se note que estoy temblando. De vez en cuando la miro para asegurarme de que no se da cuenta de mi preocupación: «¿Qué tal le habrá ido al doctor?»

Meto todo en la mochila y por fin me abre la puerta para que salga. Me acompaña hasta la salida. 

Respiro. En la calle está el doctor esperándome, sujetando las dos bicicletas. Comprueba de un vistazo que todavía llevo el cordón en la cabeza. Él también respira.

Subidos en nuestras bicicletas dejamos atrás la barrera. Rumbo norte, en busca de Claude de Bassiac para entregarle un mensaje en forma de boina.

Él sabrá qué hacer.

*****

Este cuento está basado en un hecho real. Aunque se han cambiado algunos nombres y parte de la acción es inventada, Paulette era el nombre en clave de Phyllis Latour Doyle, una espía británica que contribuyó a la liberación de Francia durante la II Guerra Mundial y que, como otras muchas mujeres en otras muchas guerras, transmitía mensajes a través de prendas de punto o en ovillos de lana cuando no podía utilizar la radio.

Deja un comentario