Hojas

La luz del calendario electrónico refleja la fecha sobre la pared: once de noviembre del año 3014.

Acabo de despertarme con la sensación de aburrimiento de otro día sin apenas nada más que hacer que navegar entre las páginas de internet y esperar el pedido semanal de comida deshidratada y suplementos en pastillas.

Acciono el botón del café y en segundos tengo entre las manos el elixir del ánimo matinal. Todavía con el pijama puesto, me siento en el sillón, me pongo las gafas AR y me informo con las últimas noticias de la ciudad, pero me canso enseguida. Echo de menos la expectación de mi antiguo trabajo y los chats con mis compañeros de profesión. Aunque ya estoy retirado, sigo teniendo acceso a algunas de las aplicaciones de exploración vía satélite de la Universidad de Arqueología y del Museo virtual de la ciudad, así que, no toda la diversión está perdida.

Por la ventana entra la luz grisácea del sol. Me acerco para comprobar que todo sigue como siempre. La ciudad se extiende bajo una cúpula de cristal que nos protege de los rayos ultravioleta transformando su color. En todos los tejados hay postes ramificados que renuevan el aire, absorben el dióxido de carbono y expulsan oxígeno. En el la azotea de mi edificio también los hay, aunque es una casa antigua construida sobre otra casa todavía más antigua, que a su vez se asentó sobre otra casa anterior. La construcción de un edificio nuevo no siempre implica demoler el anterior, a veces se aprovecha formando estructuras curiosas con recovecos interesantes.

Suena el timbre del intercomunicador.

—¡Papá, he traído a los niños!

De repente me acuerdo de que mis nietos vienen a pasar unos días conmigo, dice mi hija que, para que no me deprima, que me ve decaído en las videollamadas y que está preocupada.

Ahí están los tres, en la puerta, mi hija y sus dos hijos, Adair de 7 años y Ayla de 5.

—No te preocupes papá, han traído sus dispositivos —dice mi hija mientras me pasa una bolsa con algo de ropa y comida —estarán entretenidos durante gran parte del día. Si necesitas algo o cualquier otra cosa, me llamas o me envías un “mess”.

—De acuerdo —le contesto, —te envío un “mess”.

Los niños entran, ella cierra la puerta. Y aquí estamos los tres de pie, parados en la entrada del apartamento, mirándonos. Los niños frente a mí, grisáceos y mohínos, igual de deprimidos que yo.

—¿Habéis desayunado? —les pregunto mientras, con un gesto de la cabeza, les indico que me acompañen al interior de la vivienda.

—¡Sí! —contesta Adair a la vez que Ayla asiente con la cabeza.

Pongo la bolsa sobre la mesa y echo un vistazo dentro. Unas camisetas, pantalones y ropa interior. Sobres de leche en polvo, galletas prensadas, carne y pescado deshidratado y vitaminas.

Coloco la comida en el mueble hermético y llevo la ropa a la habitación. Los niños han desaparecido de mi lado, están sentados en el sofá, encorvados sobre sus dispositivos y ausentes, sin la mínima curiosidad ni por mí, ni por la casa.

Aprovecho para cambiar el pijama por una camiseta y un pantalón. Regreso al salón y me siento en el sillón, frente a ellos, pensando en cómo dejar de ser extraños, cómo eliminar el vacío entre el sofá y el sillón.

—¿Sabéis que en este edificio se esconde un tesoro? —les pregunto inclinándome hacia ellos.

Ni se inmutan.

—¡Sí…! Nadie sabe cómo es, ni tiene la menor idea de dónde puede estar —prosigo sin éxito. —Esta casa tiene cientos de años, está llena de pasadizos y túneles secretos. Yo ya he mirado en alguno, he encontrado restos de dispositivos antiguos, algún mueble viejo, pero nada de tesoros. Me vendrían bien un par de ayudantes para no perderme como la última vez.

Ayla levanta ligeramente la cabeza y me mira de reojo. Creo que el gen aventurero empieza a despertar su curiosidad. Yo la miro con los ojos muy abiertos y asiento con la cabeza.

—Podríamos salir a explorar después de comer, ¿eh? —sonrío, —¿qué os parece?

Ayla ya me mira de frente, con una sonrisa tímida se incorpora en el sofá.

—¿Cuándo comemos? —me pregunta, dejándome oír su voz por primera vez.

Adair le da un pequeño toque con el codo mientras me mira de reojo, cabizbajo, todavía receloso.

—Pues podemos comer dentro de un rato y así empezar a buscar lo antes posible —le digo con voz animada.

—Sí, sí… —me contesta empezando a contagiarse de la emoción de una aventura. —¡Anda —le dice a su hermano dándole toquecitos en el brazo, —vamos a buscar el tesoro!

Adair resopla.

—¡Vale! —dice con desgana alargando la “a”.

Bueno, ya tenemos plan.

Estoy emocionado, no solo porque voy a experimentar una aventura de arqueólogo a la antigua usanza, sino porque mis nietos y yo vamos a compartirla y a conocernos.

La puerta del apartamento se cierra tras nosotros. Pasamos el ascensor en busca de las escaleras. Bajamos y bajamos, tanteando las paredes en busca de la entrada de algún pasillo antiguo. Registramos cada puerta que conecta con las escaleras, dejándonos llevar por el instinto, recorremos los corredores que van a derecha e izquierda, zigzagueando, conectándonos con más escaleras y otros pasillos cada vez más oscuros y silenciosos. Siempre bajando, hacia la parte más antigua del edificio.

Hace ya rato que nos iluminamos con la linterna de nuestros dispositivos porque los pasadizos que recorremos no tienen luz. Nunca había estado aquí y por un momento creo que no sabría cómo volver al apartamento. 

Ayla me tira de la chaqueta y señala una vieja puerta con un letrero roto: “liotec

—¡Vaya! —le cojo la mano y nos miramos. —¿De qué será este letrero?

Adair también coge de la mano a su hermana. Le pido que sujete la linterna mientras intento abrir la puerta que está un poco atrancada. La empujamos entre los tres, entrando bruscamente en la estancia. El estruendo de la puerta levanta una nube de polvo y partículas que nos impiden respirar durante un rato. Los niños se protegen la cara contra mi chaqueta y yo levanto el codo para tapar la mía con el brazo doblado. Esperamos un rato. Poco a poco vamos liberando nuestras caras y movemos la luz de la linterna para averiguar algo más del sitio. Empezamos a caminar despacio, el suelo está cubierto de una capa de polvo denso. Estamos rodeados de estanterías en las que también hay montones de las mismas partículas que hay en el suelo. Ayla estornuda.

—¡Qué sitio más raro! —dice Adair mientras recorre, con la linterna, los estantes y las paredes demacradas de la enorme habitación.

Caminamos entre las estanterías mientras la palabra “liotec” va dando vueltas en mi cabeza.

«Quizás era una tienda de dispositivos de la época en la que no todo se vendía on line. Quizás un almacén, pero ¿de qué?» Empiezo a teorizar.

—¡Mira, abuelo!… —dice Adair señalando con la luz algo en el suelo. 

Me coge de la mano y tira de mí hacia el bulto que sobresale entre el polvo. Sujeto de la mano a su hermana y la llevo conmigo.

Los tres estamos frente al bulto, Adair lo ilumina y yo me agacho para limpiar parte del polvo con la palma de la mano, suavemente, como una caricia para no destruir lo que quiera que sea.

Tras pasar la mano un par de veces me doy cuenta de su tacto consistente así que lo limpio con más empeño y al final soplo sobre él para despejar las últimas partículas.

—¡Es una caja de plástico! —les digo en un tono poco más alto que un susurro. —Muy antigua. Hace varios siglos que no se fabrica este tipo de plástico, aunque pertenece a una época en la que ya se empezaba a reciclar. ¿Veis este símbolo aquí grabado? —señalo con el dedo un ideograma de forma triangular compuesto por tres flechas, —indica que esta caja se podía reciclar.

Cojo la caja lentamente y la elevo para verla mejor. Es negra y tiene un asa en el lateral.

—Un momento… ¡Es un maletín! —les digo sonriendo, sujetándolo delante de mí.—Y ¡tiene algo dentro!… ¡Haha!

—¡El tesoro!… ¡Hemos encontrado el tesoro! —dice Ayla emocionada, dando pequeños saltitos.

—¿Es el tesoro? —pregunta Adair más escéptico aunque con el brillo de la emoción en los ojos.

—Eso creo —le contesto convencido con una sonrisa de triunfo. —Volvamos a casa para mirar con calma lo que contiene.

Entonces me doy cuenta de que no sé volver, me he perdido en el zigzagueo de los pasillos. Disimulo y con el maletín debajo del brazo salgo de la estancia de las estanterías. Adair, que va delante de mí, se detiene en la puerta y, con su dispositivo, hace una foto del letrero.

—¿Has estado haciendo fotos? —le pregunto con una incipiente sensación de alivio.

—¡Claro, abuelo! No salgo todos los días a buscar un tesoro —me contesta en tono despreocupado.

—¡Vaya!, ¡Muy bien hecho, chico! Deberías ser el jefe de la expedición de vuelta a casa —trato de encubrir mi problema. —Yo me encargo de tu hermana y del maletín. ¡Adelante, jefe!… ¡Volvamos a casa!

Adair, orgulloso de su responsabilidad, camina delante revisando las fotos en su dispositivo. Yo le sigo con su hermana cargada sobre la espalda y el maletín sujeto contra el pecho.

Desandamos el laberinto de pasillos y escaleras. 

—¡Por fin en casa! —digo aliviado agachándome ligeramente para que Ayla se baje. 

Ella está medio dormida, con el tejido de mi chaqueta marcado en la cara. Se frota los ojos con el dorso de las manos. 

Adair me mira expectante, al pie de la mesa, sin decir nada, impaciente por descubrir el interior del maletín.

—¡Buen trabajo, chico! Nos has traído sanos y salvos —le digo mientras dejo el maletín sobre la mesa.

Aparto la silla para sentarme. Adair y Ayla comparten la silla de al lado. Adair apoya los brazos sobre la mesa y deja descansar la cabeza ocultando la mitad de la cara. Ayla sujeta el borde con las manos y apoya la barbilla.

Estoy nervioso. Con las manos sobre el maletín les miro. No parpadean. Desbloqueo los cierres. Los tres aguantamos la respiración. Abro el maletín. Los ojos se abren más.

—¿Qué es, abuelo? —pregunta Adair mientras se pone de pie.

—¡Hala! ¿Qué es eso? —Ayla se pone de pie sobre la silla para ver mejor lo que hay dentro.

—¡Vaya!, ¡Esto sí que es un tesoro, y de los buenos! —digo mientras miro lo que hay dentro sin atreverme a tocarlo.

—¿Qué es, abuelo? —insiste Adair.

—¡Es… un libro! —le contesto con la voz medio bloqueada por la emoción.

Respiro hondo. Trato de tranquilizarme.

—¿Un libro? —pregunta Ayla. —¿Qué es un libro? —dice justo antes de bostezar.

—Sí, algo maravilloso ¿sabéis?, y realmente antiguo —les explico sin atreverme a tocarlo todavía. —Hagamos un trato: Si os vais a dormir ahora mismo, mañana, durante el desayuno, os cuento toda la historia del libro —y cierro el maletín.

—¡Vale! —dice Ayla saltando de la silla.

—Las vitaminas —dice Adair, —siempre tomamos las vitaminas antes de ir a dormir.

Busco el bote de las vitaminas en el armario hermético y les doy un comprimido a cada uno. Se van corriendo al sofá y se acomodan bajo el cobertor de punto. Se quedan dormidos casi al instante. 

Antes de irme también a dormir, vuelvo a echar una ojeada al libro. Lo toco despacio para comprobar que no se deshace. Quiero tenerlo un rato en las manos, abrirlo y mirar su interior, los textos y las imágenes.

—¡Es fabuloso! —susurro mientras lo devuelvo al maletín, que cierro y llevo conmigo a la habitación.

A la mañana siguiente los niños están esperándome, sentados a la mesa, mordisqueando unas galletas prensadas y con los sobres de la leche en polvo preparados. Dejo el maletín sobre la mesa.

Acciono el botón del agua caliente y les pongo un vaso a cada uno. Yo me sirvo un café y me siento con ellos a la mesa.

Desayunamos en silencio, con algo de prisa, sin quitar los ojos de encima del maletín.

Adair recoge la mesa.

—¿Podemos ver el libro? —pregunta mientras se vuelve a sentar.

—Sí, abuelo, ¿podemos verlo? —pregunta también Ayla mientras abro el maletín. —¿Qué es un libro? —sigue preguntando poniéndose de pie en la silla inclinándose hacia adelante.

Saco el libro del maletín, con cuidado y lo pongo encima de la mesa.

—Esto es un libro. Antes de que existiera la red, toda la información y las historias se escribían en los libros. ¿Veis? —empiezo a pasar las páginas del libro, —está lleno de imágenes y textos. Así era como las personas transmitían sus conocimientos, compartían sus ideas o expresaban su forma de pensar — sigo pasando las páginas. —Ayer hemos estado en una biblioteca. Hace más de mil años las bibliotecas estaban llenas de libros, ocupando del suelo al techo todas las estanterías que ayer vimos vacías. Las personas entraban y consultaban estos libros o se los llevaban a sus casas, como hemos hecho nosotros, para mirarlos y leerlos más detenidamente. Luego los devolvían para que otras personas también pudiesen disfrutar de ellos. Estaban escritos en papel, un material que también se ha extinguido…

—¿Qué son las cosas de las imágenes? —me pregunta Adair sin dejar que termine la frase.

Miran asombrados cada página que se va depositando sobre la anterior y esperan con interés la siguiente.

—Son árboles. Este libro es una guía de árboles y se utilizaba para identificarlos —sigo pasando las páginas que ellos miran boquiabiertos.

—¿Árboles? —preguntan a la vez.

—Hace más de mil años la vida en la tierra no se entendería sin ellos, proporcionaban alimento, enseres para la casa, en algunos sitios se construían casas enteras con ellos, también se utilizaban para fabricar telas y papel, el material de los libros. Pero sobre todo se encargaban de renovar el aire como los postes de las azoteas —respondo con cierta pena.

—¿Dónde están ahora los árboles? —me pregunta Adair.

—Hace siglos que no hay árboles, al menos dentro de la cúpula. Nadie se atreve a salir fuera a comprobar si queda alguno, el sol te devoraría en pocos días si lograses sobrevivir a la falta de oxígeno.

—Entonces… ¿Nunca veremos árboles? —pregunta Ayla con gesto de preocupación.

—Creo que no —le contesto con cierta tristeza.

—¡Podemos mirarlos en el libro! -dice Adair.

—Me temo que no, mañana mismo lo entregaré a la Universidad de Arqueología para que se guarde en la Bóveda acorazada junto a otras reliquias de gran valor —le explico.

Adair se va y se sienta en el sofá, contrariado, Ayla le sigue y se queda de pie a su lado poniendo una mano sobre su hombro.

Suena el timbre del intercomunicador. Mi hija viene a buscar a los niños.

—¿Qué tal ha ido, papá? —me pregunta mientras los espera en la puerta.

—Creo que bien, pero no estoy seguro —le contesto mientras miro cómo los besa y recuerdo cuánto se parece a su madre.

Se van y me quedo con el silencio.

Me acerco al libro y le hago algunas fotos. Puede que nunca vuelva a ver nada igual, además tendré que probar ante mis colegas el sorprendente hallazgo y… ¡Sin usar ningún satélite!

Ha pasado un día.

Un mensajero de la universidad viene a recoger el maletín con el libro, lo mete en una caja hermética que sella delante de mí, los dos dejamos nuestra huella digital en el escáner y se va con el tesoro.

Cierro la puerta y me quedo con mi aburrimiento.

Me siento en el sofá y reviso las fotos del libro, fijándome en la belleza de cada árbol, echando de menos con quién compartir la emoción del descubrimiento, echando de menos a Dara, la mujer que ha estado a mi lado casi toda la vida. Ver a nuestra hija la ha traído a mis pensamientos. Otra vez dejo que la melancolía me haga compañía. En busca de recuerdos, voy a la habitación y abro el cajón con cosas suyas que todavía conservo: la camiseta con la que solía dormir, la horquilla con la que se recogía el pelo, el bote de crema para la cara, sus gafas, el anillo, su dispositivo, una bolsita con hilos y las pequeñas agujas con cable con las que tejíamos para pasar el rato.

Tejer.

A menudo tejíamos como hobby, convertíamos en hilatura las prendas que se estropeaban y hacíamos cosas juntos para la casa: paños para limpiar, el cobertor, la alfombra para salir de la ducha, unas cuantas pantuflas… Hablábamos de cómo hacer punto había resistido el paso del tiempo, de cómo hacía más de mil años las personas tejían para ayudarse durante las guerras o se reunían de forma festiva y tejían para adornar la ciudad o reivindicar algunos derechos. Yarnbombing lo llamaban.

El recuerdo me carga con una nueva energía y un nuevo propósito.

Utilizando las fotos del libro, dibujo en el dispositivo alguno de los árboles y reproduzco con detalle sus hojas antes de simplificar su forma para crear un patrón que poder tejer.

Con las agujas en la mano, hago memoria. 
«Un cordoncillo de tres puntos para el rabillo de la hoja.

Aumentos echando hebra si quiero agujeros o aumento en las hebras del punto, en la delantera y la trasera. Por último, menguar un punto y dos puntos.»

—¡Lo tengo! —digo animado aunque nadie me escuche.

La rutina de mis días cambia. Me levanto, me tomo el café y tejo una hoja y otra y otra… cambiando de modelo, cambiando de color. Así hasta la hora de comer. Luego sigo tricotando más y más hojas hasta la hora de la cena y continuo después hasta que me quedo dormido.

Compro más hilos on line porque estoy acabando los que tenía guardados en el cajón de Dara, y aún no tengo suficientes hojas.

Hace ya diez días que los niños estuvieron en casa. No sé cuántas hojas he tejido desde entonces. Verdes, amarillas, marrones, rojas. Siguiendo los colores de las fotos de las hojas del libro. Las uno con una cadeneta, formando largas guirnaldas que coloco con cuidado en una caja. 

Mientras ceno un poco, le escribo un “mess” a mi hija en el que le pido que traiga a los niños el fin de semana. Me voy a la cama con el dispositivo en la mano esperando una respuesta. Lo miro cada medio minuto y no me quedo dormido hasta que al fin leo: “sí, ahí estarán el sábado por la mañana”.

Me despierto descansado, ansioso y por primera vez en mucho tiempo estoy contento. Me veo sonreír en el espejo mientras me lavo la cara. 

Cojo la caja con las hojas y una escalera telescópica.

Subo a la azotea. 

Los postes ramificados se reparten por todo el tejado. Imponen. Respiro hondo y apoyo la escalera en el primero. Enredo la primera guirnalda de hojas en una de las ramas y la sujeto con una brida. Sigo con otra guirnalda y otra rama. Otra guirnalda y otra rama. Guirnalda a guirnalda, rama a rama va pasando el día. Retiro la escalera del último poste. La caja está vacía. Y es de noche. Estoy cansado y satisfecho.

Al llegar al apartamento solo me apetece una ducha. Con el cuerpo dolorido me tumbo en la cama y me duermo.

A lo lejos oigo el timbre del intercomunicador. Sigo con los ojos cerrados. El timbre vuelve a sonar.

—¡Los niños! —me levanto de un salto.

Abro la puerta.

—¿Estás bien, papá? —me pregunta mi hija preocupada.

—Sí, sí… Me he quedado dormido —le respondo avergonzado mientras me paso la mano por la cabeza intentando peinarme un poco.

—¡Abuelo!, ¡Abuelo! —entra Ayla corriendo a abrazarme.

—¡Hola, abuelo! —me saluda Alair un poco más cortado.

—Mañana vendré a recogerles —me dice mi hija mientras me da la bolsa con las cosas de los niños, y un beso. —¡Gracias papá!

Cierra la puerta.

Volvemos a estar los tres de pie, parados en la entrada del apartamento, mirándonos.

—¿Queréis que vayamos a explorar? —les pregunto mostrando entusiasmo.

—Sí, busquemos otro tesoro —responde Ayla inmediatamente.

—¡Vale! —contesta Alair, encogiéndose de hombros.

Salimos del apartamento, pero esta vez los llevo escaleras arriba, hacia el tejado.

Nos quedamos parados detrás de la puerta de la azotea.

—¿Estáis listos? —los miro mientras pongo las manos en la barra que abre la puerta.

Ayla me mira entre intrigada y asustada, se agarra a mi chaqueta. Entonces la cojo en brazos.

Adair asiente con la cabeza apretando los labios.

Empujo la puerta y salimos a la azotea.

Adair me coge de la mano

La luz del sol nos ciega momentáneamente. Y cerramos los ojos por unos segundos. Pestañeamos para acostumbrarnos a la luz poco a poco.

Levanto la cabeza.

Por primera vez miro, desde el suelo, el conjunto de postes ramificados adornados con las guirnaldas de hojas tejidas y veo árboles.

Alair aprieta mi mano.

2 comentarios en «Hojas»

  1. Mil gracias por tu relato ha sido como recordar entrar a casa de mi abuela y encontrar todos los tesoros que tejía. He revivido mi infancia , el olor y el tacto de esos gatitos tejidos en el suelo para “dar brillo” pero que se convertían en compañeros de carreras.

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