El árbol

No me podía imaginar un borde tan definido cuando el mar y la tierra están en continua lucha, en un tira y afloja por hacerse unos centímetros mas grande. 

Así es el elástico de dos por dos, como un borde, encogiéndose y estirándose en un afán de adaptarse a las formas de la cadera. Intentando ocupar mas superficie, mostrando los surcos del punto de revés y volviendo a su forma. 

El árbol 2

Voy flotando con las manos sobre una superficie de punto liso, de vez en cuando salpicada de pequeños relieves, como un suelo de piedra pulida por el viento que, en ocasiones, se rompe, cuando el agua golpea fuerte y el mar se encarama en lo alto.

Entonces surge el zigzag, abrupto y cortante, porque la roca se rinde y cae al mar. Los caminos bordean los acantilados siguiendo el perfil vertical de piedra y a veces descansan en una playa.

Los dedos se deslizan por encima del punto revés.

Aparecen entre la arena las cuerdas de los botes que pasan mas tiempo en el mar que en la tierra. Se enroscan, se cruzan unas sobre otras armando fuertes cabos para que las olas no se lleven las barcas a su antojo.

Y entre las cuerdas hay restos de redes, rombos llenos de riqueza salada.

La arena se dibuja con el agua de la marea baja. Los bordes de las olas dejan su ondeada impresión para que la playa no las olvide. Pasan por encima de la arena, dando lugar a relieves extrañamente ordenados por un desconocido capricho natural.

Siguen las intrincadas texturas a la altura de mis pies y a la altura de mis ojos. Los muros de piedra bordean los caminos y se pierden en el horizonte cubriendo la superficie de enrejados y diamantes. Marcando los límites del musgo y la hierba que crecen de milagro, sobre un suelo provocado por el tiempo y la obstinación.

El árbol 3

No es raro encontrarse con una estructura de panal mezclada entre las rocas, mostrando el sacrificio común por estructurar una vida en un lugar inhóspito. Tan inhóspito que, por más que se empeñe el ser humano, tener un árbol es un desafío a la naturaleza. Por eso sólo hay uno y suele ocupar una parte importante. El único árbol que resiste en pie en medio de la isla. El árbol de la vida, porque eso es lo que necesita para crecer en un suelo tan inhabitable sin apenas tierra, golpeado por el viento que viene de encresparse con el mar. Agarrado con fuerza al sustrato de algas. Porque hasta que el viento no lo tumbe, es la mayor demostración de ganas de vivir que podamos contemplar. Resaltando sobre la textura del punto revés, con puntos que se cruzan sobre la superficie en intrincadas ramas demostrando lo difícil que es vivir.

Y esto, que no es mas que un jersey, es una tierra y una vida, condensadas en 3000 puntos.

Este texto está inspirado en la película “Hombres de Arán”, dirigida por Robert J. Flaherty en 1934.

Deja un comentario