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Selburose

No puedo ver mis pies porque se entierran en la nieve haciéndola crujir a cada paso que me acerca a la granja del señor Kjøsnes.

Hay tanto silencio en esta noche interminable, que puedo escuchar mi respiración acompasada con las pisadas, provocando un efecto hipnótico que me coloca delante de la puerta de la casa sin apenas darme cuenta. Golpeo los pies contra el suelo del porche para que la nieve se suelte de las botas y llamo a la puerta. Es el mismo señor Kjøsnes quien abre, tiene la cara colorada por el calor de la chimenea.

—¡Buenas tardes! Soy Marit Gulsetbrua —le digo mientras aparto de la cara el chal de lana que me protege del frío.

—La chiquilla de mi prima Anne. ¡Vamos, pasa y acércate a la chimenea! —me dice, al tiempo que con una mano en mi hombro me indica la dirección de la chimenea.

Un calor agradable inunda toda la habitación. Me quito el chal.

Al borde de la chimenea, una chica que remueve sopa en un puchero me mira.

—¡Hola, soy Marit! —nos presentamos a la vez. 

Nos da la risa.

—¿Vas a encargarte de las cabras este invierno? —me pregunta mientras pone un poco de sopa en un cuenco y me lo ofrece.

—¡Ajá! —asiento mientras cojo el cuenco con las dos manos para aprovechar su calor.

—Yo me encargo de la comida y de mantener la casa un poco limpia. A veces es como un imposible porque el barro se esparce por todas partes. ¡Uff, chica! ¡No veas! Y eso que el señor Kjøsnes es ordenado, siempre tiene la misma rutina. ¿Sabes? Desde que sus hijos se han mudado a Kristiania* todos los días lo mismo. Por suerte siempre está de buen humor. ¡Uy! No quiero decir que se esté riendo siempre ¿sabes? ¡Bueno, ya lo verás!

Marit no paraba de moverse mientras hablaba. Había recogido las migas de pan que estaban sobre la mesa, dejándolas en un balde con restos de comida, escondió los taburetes debajo de la mesa, dobló los paños que tenía a secar al lado del fuego y encendió un candil.

Yo entraba en calor a cada sorbo de sopa.

—¡Marit! —dice el señor Kjøsnes con voz grave y suave.

Las dos miramos a la vez. El señor Kjøsnes se ríe.

—Te llamaré Marita —me dice mirándome fijamente.

—¡Vale! —me encojo de hombros y ladeo la cabeza.

—Vamos a ver las cabras. ¿Tu madre te ha dicho lo qué tienes que hacer? —me pregunta mientras coge un par de baldes muy limpios que hay al lado de la chimenea y el candil encendido.

—Sí. Ordeñarlas y darles de comer —le contesto mientras le devuelvo el cuenco a Marit y me pongo el chal por la cabeza.

Me da uno de los baldes y en el otro echa un poco de agua caliente que tapa con un paño.

Salimos al frío de la nieve y vamos hacia el establo donde están las cabras con los caballos, las ovejas y las gallinas.

—Por aquí está el pajar donde encontrarás la comida de las cabras —señala hacia la oscuridad levantando la mano con el candil. —Vamos a coger algo de forraje.

No tardamos nada en recoger unos puñados de semillas en una lata. 

Por primera vez escucho los balidos de las cabras que sienten nuestra presencia y saben a qué vamos.

El señor Kjøsnes abre la puerta del establo, una cabra blanca se acerca dando saltos. 

—Esta es Gerda. No sé por qué, pero le gusta la gente —me dice el señor Kjøsnes mientras rasca la cabeza de la cabra con tres dedos. —Hoy te ayudo para que veas donde está todo, pero mañana tendrás que hacerlo tu sola. Tengo que ir al pueblo muy temprano. Tu madre me ha dicho que esto se te da bien —dice mientras deja el cubo de agua caliente en el suelo.

Me lavo las manos y empapo el paño en el agua que se ha ido enfriando y ahora está templada. El señor Kjøsnes me señala el lugar del establo donde acostumbra a ordeñar las cabras, allí hay un taburete de madera listo para la labor. Poco a poco vamos limpiando y ordeñando cada una de las cabras. En menos de una hora estábamos de vuelta en la casa.

—Marit se encargará de la leche —me dice mientras pone el cubo sobre un tocón al lado de la ventana de la cocina.

Marit ya había puesto la mesa con la cena: sopa, patatas cocidas y pan. El señor Kjøsnes se sirve un poco de aquavit y nosotras terminamos con un poco de zumo de manzana caliente.

Ayudo a Marit a recoger la mesa y limpiar. El señor Kjøsnes se sienta en un sillón cerca de la chimenea y se pone a fumar pensativo, con la mirada muy lejos.

—¡Vamos Marita! —me dice Marit cogiendo el quinqué con una mano y mi mano con la otra—¡Vamos a dormir! ¡Buenas noches, señor Kjøsnes! 

Él levanta la mano con la pipa, sin mirarnos, para no perder el hilo de sus pensamientos.

La casa del señor Kjøsnes es pequeña así que Marit y yo compartimos la habitación en la que apenas cabe nada más que la cama, una mesita y una silla donde dejar la ropa. Nos quedamos con las medias y la camiseta de punto puestas para no enfriarnos.

Me meto en la cama antes que Marit que está trasteando con algo debajo de la cama. Saca una bolsa de cuero en las que hay unos ovillos de lana y unas agujas.

Se sienta a mi lado en la cama y se pone a tejer a la luz del quinqué.

Dos ovillos, uno blanco y otro negro, buscan hueco rodando sobre el cobertor.

—¿Qué tejes? —le pregunto curiosa susurrando.

—Unos calcetines para el señor Kjøsnes, son para regalárselos en Navidad.

—¿Con dos colores? ¡Vaya! —toco un trozo de media que ya ha tejido.

—Es que no tenía suficiente lana del mismo color, así que, bueno, haré unos calcetines a rayas, pensé y ya ves… ¿Qué te parecen? No están mal. ¿Verdad? Yo creo que le van a gustar.

—Seguro que sí —seguimos susurrando. —Puedes estar segura de que nadie tendrá otros iguales.

—¿A que sí? Tú no le digas nada. ¿Eh? —me dice señalándome con la aguja que acaba de tejer.

—No, no… —le digo, y con el índice y el pulgar sujeto los labios y los presiono ligeramente para que no se puedan separar.

Con el ritmo del click-click de las agujas me quedo dormida.

Canta el gallo. Creo que son las cinco de la mañana, pero aún es de noche.

Marit empieza a despertarse y me da palmaditas en el hombro sin abrir los ojos.

—¡Vamos, vamos! —me dice sin darse cuenta de que ya estoy sentada en la cama. —Ayúdame a preparar el desayuno antes de que se levante el señor Kjøsnes.

Nos vestimos rápido y vamos hacia la cocina. 

Me encargo de avivar el fuego de la chimenea que nunca se apaga, mientras Marit vierte leche en una olla, saca la mantequilla de la fresquera y la pone sobre la mesa junto con una hogaza de pan ya empezada y un par de cuchillos.

Yo soplo sobre las ascuas medio apagadas, colocando puñados de paja para que las chispas prendan. Marit pone tres cuencos sobre la mesa.

—¿Ya? —me pregunta acercándose con la olla de leche.

—Sí, ¡ya está! —le digo colocando un trozo de leña sobre la pequeña llama encendida en la paja.

De pronto la puerta se abre haciendo que demos un salto a causa del susto. El señor Kjøsnes entra cargado con más leña para el fuego.

—¡… Cachis! Nunca consigo levantarme antes que él -dice Marit bromeando mientras acerca la leche al fuego.

El señor Kjøsnes se lava las manos y se sienta a la mesa. Marit y yo le seguimos en cuanto la leche empieza a hervir.

Los tres desayunamos sin hablar mucho.

El señor Kjøsnes se marcha al pueblo y Marit y yo nos ponemos con nuestras tareas.

Desde entonces los días, más o menos, son iguales. Cada uno tiene sus quehaceres y nos juntamos solo en los momentos que tenemos para comer. Por las noches Marit sigue entretenida tejiendo los calcetines, la pobre, acaba tan cansada, que solo le da tiempo a tejer unas pocas vueltas antes de quedarse dormida.

El día 24 de diciembre vuelvo a casa después del primer ordeño para estar la Nochebuena con mi familia y volver el 25. Marit se queda con el señor Kjøsnes. Me ha prometido que no le entregará su regalo hasta que yo llegue después de comer.

Vuelvo contenta a la granja con mi regalo para el señor Kjøsnes en el bolsillo. Ya tengo confianza, y nada más llegar a la casa llamo a la puerta y entro sin esperar que nadie venga abrir.

El señor Kjøsnes y Marit están todavía sentados a la mesa, esperándome. El señor Kjøsnes con un vaso de aquavit y Marit con zumo de manzana caliente. Me siento con ellos y ella me sirve un vaso de zumo.

—Para que podamos brindar —dice. —Bueno… ¿Ya? —me pregunta impaciente.

—¡Sí! 

Las dos sacamos nuestro regalo del bolsillo y lo dejamos sobre la mesa, delante del señor Kjøsnes que los mira con ojos brillantes.

—Lo hemos sorprendido ¿Eh? —le dice Marit dando golpecitos con la mano en la mesa junto a los regalos, como metiéndole prisa para que los abra.

Abre primero el mío deshaciendo el nudo del lazo rojo.

—¡Ummm!… ¡Tabaco! ¡Gracias Marita! El que tengo se está acabando. Me viene muy bien.

Coge el regalo de Marit y lo aprieta suavemente.

—¡Qué blandito! 

Deshace el lazo que Marit había hecho trenzando algo de lana y desenvuelve lentamente el contenido. De pronto los calcetines se desenrollan sobre la mesa mostrando las rayas blancas y negras. Los ojos del señor Kjøsnes se abren y brillan mostrando lágrimas a puntito de brotar.

—Pero… ¡Qué bonitos! —dice levantándolos de la mesa y extendiéndolos en el aire. —¡Gracias Marit! ¡Son preciosos! ¡Preciosísimos! ¿Has visto Marita? —me los enseña dejando que los toque —¿Alguna vez has tejido algo tan bonito? —me pregunta sabiendo de mis habilidades para tejer.

—No, la verdad es que no —le contesto sintiendo cierta curiosidad por lo singular de los calcetines.

—¡Son realmente bonitos, Marit!

Entonces el señor Kjøsnes saca un par de pequeños paquetes envueltos y atados con cinta azul y nos da uno a cada una. Los abrimos con impaciencia. Preciosas cintas bordadas en rojo…

—Para que adornéis vuestras trenzas los domingos cuando vayáis a la iglesia. O para cuando salgáis a pasear con vuestros novios —entonces suelta una carcajada sonora.

Marit se tapa la cara con la cinta bordada medio estrujada en las dos manos y todos reímos.

Ha terminado el invierno y estoy de vuelta en mi casa, con mis padres y mis hermanas. Con la llegada del buen tiempo el señor Kjøsnes deja que las cabras pasten libremente por la granja y no necesita tanta ayuda para cuidarlas. En cambio en mi casa es el momento llevarlas de madrugada a los pastos que rodean el lago y traerlas sanas y salvas al atardecer. Esa es mi ocupación durante la primavera y el verano, procurar que no entren en los pastos de otras granjas ni se metan en sitios raros. Esta tarea me deja mucho tiempo libre. Tiempo para pensar en los calcetines rayados que había tejido Marit en las noches de invierno.

Decidida a aprender, todos los días llevo un par de ovillos y unas agujas en el zurrón de la comida. Intento recordar los movimientos de agujas y manos que Marit repetía cada noche a mi lado. Aquel tejido bicolor no deja de dar vueltas en mi cabeza.

Intento sujetar las dos hebras con la mano izquierda, tejo un punto, tejo otro y me cuesta controlar la tensión. Después de varios días pruebo a sujetar las hebras con la mano derecha, incluso pruebo a tensar cada hebra con cada mano. Poco a poco voy dominando la técnica lo que hace que cada vez me guste más.

Por estos mismos días, mi hermana está bordando un tocado de novia, una de las chicas del pueblo, amiga de mi hermana desde siempre, se casa. Mi hermana tiene manos de ángel para los bordados, todo el mundo lo sabe, así que nadie mejor que ella para bordar. Está lleno de preciosas rosas de ocho puntas que, como estrellas, se esparcen por todo el tocado.

—¡Qué bonitas son! —le digo cada vez que paso a su lado y está metida en faena.

—Son muy hermosas —me contesta. —¡Ojalá pueda lucir las mías algún día!

Hoy es uno de esos días largos de verano, estoy en el prado que bordea el lago. Necesito algo determinado para practicar el tejido con dos colores, unos calcetines como los que ha tejido Marit me parecen sencillos, además ella ya los ha tejido y repetir no tiene gracia.

De pronto me viene al pensamiento las manos de mi hermana bordando las flores de ocho puntas y pienso: «¿por qué no?» 

Me paso toda la tarde dándole vueltas a la idea. Alguna que otra vez me interrumpe el balido de una cabra o el topetazo de otra que se aburre y quiere entretenerse empujándome por el prado.

Me siento sobre una piedra para comer un poco y sin darme cuenta estoy dibujando una rosa con un palo en un trozo de tierra en el que no ha crecido pasto.

«Si yo fuese la novia, le regalaría a cada invitado unas manoplas con una rosa. ¡Qué demonios! No voy a esperar tanto.»

Al llegar a casa busco todos los ovillos blancos y negros que haya en cada rincón: en la cesta de la costura, al fondo de los cajones, incluso busco debajo de la cama. Les pregunto a mi madre y a mi hermana si tienen alguno.

—¿Qué vas a hacer Marit? ¿Qué trama esa cabecita tuya? —me dicen mientras me dan los pequeños ovillos que han encontrado entre sus cosas.

—Voy a empezar los regalos de Navidad.

—¡Qué previsora! ¿No es un poco pronto? —me dice mi madre.

—Bueno, quiero terminarlos todos, mamá. También quiero tejer algo para el señor Kjøsnes.

Mi entusiasmo hace sonreír a mi madre.

—Está bien Marit, pero te va a dar tiempo a tejer algo para cada habitante del pueblo… ¡Que aún es agosto! —me sonríe mientras pone cariñosamente su mano en mi cara. —¡Anda! ¡Vete! Que ya es hora de ordeñar las cabras —me dice mientras pone en mis manos un balde con agua templada y un paño.

Cada tarde, de lo que resta de verano, los ovillos me acompañan en el zurrón de la comida. Mientras las cabras pastan, juegan y duermen voy tejiendo la primera manopla con dos colores, blanco y negro, con dos rosas de ocho puntas.

El puño lo tejo a rayas, como los calcetines que Marit le tejió al señor Kjøsnes. Las rosas les tejo con lana negra, en el dorso de la mano, y para que no haya mucho espacio en blanco, voy salpicando pequeños motivos a ambos lados de las flores.

La palma de la mano es distinta. Aquí tejo un patrón pequeño, así las hebras, al estar más juntas y apretadas hacen que la manopla sea más resistente.

Para distinguir las dos partes, el dorso y la palma, y que los motivos se vean mejor, voy a tejer un borde, también bicolor, por todo el lateral de la manopla, como un encuadre que agrupa todos los puntos y remarca la forma especial de la manopla, geométrica, terminando en punta como siguiendo la forma de las rosas.

Y el pulgar… «No sé qué hacer en el pulgar. Bueno ya pensaré en algo cuando termine la mano.»

Cada día tejo un poco y destejo otro poco, y lo que queda bien tejido lo apunto en un papel. No es que esté improvisando demasiado, pero la manopla de la otra mano tiene que quedar igual, no quiero olvidarme de nada.

Siguen pasando las tardes de verano que poco a poco son más cortas, indicando que el otoño está cerca. En septiembre, el color verde se empieza a esconder para no encontrarse con el frío. Yo aprovecho al máximo las tardes para que las cabras se alimenten de sus hierbas favoritas.

Cada vez las agujas van más rápido. Estoy a punto de terminar la pareja de la primera manopla y sigo pensando en qué tejer en el pulgar. Ahí están, los puntos descansando en una aguja auxiliar, esperando una idea.

Estoy sentada en el suelo con la espalda apoyada en un árbol, tengo un poco de hambre. En el fondo del zurrón hay un trozo de pan y algo de queso envueltos en un paño. No tardan en desaparecer quedando, en el regazo, unas pocas migas que sacudo lanzándolas en todas direcciones. El sol que resbala por el horizonte me calienta la cara. Con las manoplas inacabadas en las manos, me quedo dormida. Cuando me despierto ya es de noche, el cielo está iluminado con ondas iridiscentes verdes, amarillas y, en ocasiones, rojo y púrpura. Las cabras me rodean como preguntándose por qué no estamos en casa. Guardo las manoplas en el zurrón. Intento levantarme, pero las luces del norte me hipnotizan y sigo sentada, mirándolas, con una mano sobre el lomo de una cabra que intenta meter el hocico en el zurrón.

Sin más, la aurora boreal desaparece, dejando que el brillo de una estrella sea ahora protagonista en el cielo. La estrella polar.

—¡Qué tarde! ¡Vamos! ¡Vamos! ¡Daos prisa! —Les digo a las cabras como si me pudiesen entender. 

En mi cabeza la estrella polar se apodera del dedo pulgar de las manoplas. No puedo evitar sonreír.

Empiezo a correr hacia casa. A lo lejos oigo gritar a mi madre:

—¡Marit!

La cena de Nochebuena es espléndida. Me voy impaciente a la cama porque no puedo esperar a ver la cara de mis hermanas cuando les regale las manoplas… y la cara del señor Kjøsnes. 

No consigo dormirme a la primera, tengo que dar varias vueltas en la cama y poner la cabeza, a veces debajo de la almohada, a veces encima. Por un resquicio de la ventana vuelvo a ver la aurora boreal. Entonces empiezo a soñar.

Hay bullicio en la cocina. Mi padre está lavándose las manos y mi madre y mis hermanas están preparando el desayuno. Yo pongo rápidamente la mesa para que no se den cuenta de que me he quedado dormida.

—¡Feliz Navidad! —dice mi padre antes de empezar a comer.

—¡Feliz Navidad! —contestamos.

Al terminar de desayunar nos repartimos las tareas de la granja: recoger los huevos, ordeñar las cabras y las vacas, dar de comer y beber a los animales… Cuando terminamos las tareas nos vestimos para ir a la iglesia y… ¡Por fin!… llega el momento. Repartimos los regalos.

Alrededor de la mesa de la cocina intercambiamos todas esas pequeñas joyas que hemos estado haciendo a escondidas. Papá ha tallado en madera una horquilla con flores y se la regala a mamá, para nosotras ha tallado unos alfileres para poder ajustar los chales de punto. Nos hemos intercambiado pañuelos bordados con flores e iniciales, bufandas con flecos color rojo, gorros con pompones y calcetines con el talón reforzado para que duren hasta el invierno siguiente. Finalmente mis hermanas abren los regalos que había tejido para ellas. 

—¡Marit!… ¡Pero!… 

Parece que mi hermana está sin palabras.

—¡Son las rosas que he bordado en el tocado de novia! —dice sorprendida mientras acaricia el lado con las flores en forma de estrella de la manopla.

—¡Gracias! ¡Gracias! —dice mi otra hermana que se las pone y empieza a girar con las manos en alto, mirando las manoplas.

Estoy contenta.

—¡Voy a llevarle su regalo al señor Kjøsnes! ¡Nos vemos en la iglesia! —le digo a mi familia mientras salgo por la puerta.

Para que el señor Kjøsnes no sospeche nada, meto mis manoplas nuevas en el bolsillo y me pongo las viejas. Llego a la casa y llamo a la puerta. No me esperan.

—¿Señor Kjøsnes? ¿Marit?… ¡Soy yo, Marita!

—¡Marita!… ¡Pasa! ¡Pasa!… ¡Feliz Navidad! —me dice el señor Kjøsnes acercándose a la puerta. 

No puedo esperar más.

—¡Le he traído un regalo! —lo saco del bolsillo y lo dejo sobre la mesa con un movimiento rápido.

El señor Kjøsnes se acerca a la mesa y se sienta. Abre el regalo despacio. Las manoplas bicolor quedan extendidas sobre la mesa. Él las mira fijamente, sin apenas moverse, solo la mano que lentamente se acerca a ellas y las acaricia levemente. Marit se acerca a mirarlas.

—¡Oh!… ¡Son fantásticas! ¡Qué ingeniosos los motivos! ¡Caray Marita! Seguro que te ha llevado mucho tiempo hacerlas. ¡Cuántos detalles! 

—También he tejido unas para ti, Marit. Las he tejido gracias a ti, inspirada en los calcetines que el año pasado le regalaste al señor Kjøsnes.

El señor Kjøsnes se ríe y levanta un poco los pantalones dejando ver los calcetines.

—Todavía están como nuevos —sigue riendo. —¡A ver! ¡A ver! ¿Cómo de bonitas quedan estas manoplas puestas?

Empieza a introducir una mano por el puño. 

No me había dado cuenta de lo grandes que eran sus manos hasta que las vi al lado de las manoplas. Empiezo a ponerme un poco colorada viendo que le quedaban un poco pequeñas. Me tapo las mejillas con las manos.

—¡Oh, Marita! ¡Son perfectas! Este invierno tendré las manos calentitas —me dice mientras da palmadas, mano contra mano. —Vámonos a la iglesia. Marit ¿estás lista?

—Sí —dice mientras mueve las manos de un lado a otro mostrando las manoplas.

Yo me pongo las mías y salimos de la casa.

Después del oficio todos los vecinos nos quedamos en el campo a la salida de la iglesia.

Empiezan a formarse corrillos alrededor de mis hermanas. Las mujeres les cogen las manos y admiran los motivos y la técnica bicolor de las manoplas. Alguna se acerca al señor Kjøsnes y hace lo mismo.

—¿Usted también tiene unas?

—¡Y yo! —dice Marit mostrando las suyas con orgullo.

También se forman grupos de mujeres que hablan y mueven las manos reproduciendo movimientos como si tejiesen con agujas e hilo invisibles. Sus maridos se acercan para interrumpir las charlas y convencerlas de volver a casa antes de que la luz del día se desvanezca. 

En estos momentos, las manoplas y las dos flores con forma de estrella tejidas en blanco y negro, son el único tema de conversación del pueblo. Y conociendo la destreza de mis vecinas mañana si no pasado la mitad del pueblo tendrá las suyas.

Puede que, algún día, toda Noruega luzca estas manoplas con dos rosas de Selbu tejidas en el dorso. 

La selburose (rosa de Selbu), que empezó siendo el motivo de un regalo de Navidad, es, hoy en día, el símbolo de Noruega, uno de los símbolos más representativos de los países nórdicos y quizás la estrella más característica de las prendas de punto en Navidad. Cada vez que veas una, piensa en Marit y en todo lo que le ha regalado al mundo en unas manoplas.

*Oslo desde el 11 de julio de 1924